El viaje a El hierro me ha proporcionado sobretodo tranquilidad. He descansado, he buceado, he comido bien y he dormido mucho. Lo necesitaba. Pese a la cantidad de cosas que nos quedan por hacer, he tratado de desconectar completamente de todo lo que tiene algo que ver con mi rutina de los últimos meses. Lo cual significa que he tenido tiempo para pensar en muchas cosas que hacía tiempo que no pensaba. Cosas del tipo metafísico de donde venimos, a donde vamos, que estoy haciendo con mi vida, etc. pero todo esto es otro tema del que escribiré más adelante.
Lo que también me ha proporcionado El Hierro es una de las mejores inmersiones de mi vida.
Bien es cierto que todas las inmersiones han sido una pasada. El fondo lleno de algas (el colonizador erizo diadema no ha llegado aquí) me recordaba a una pradera verde y me daba la sensación de estar volando sobre una montaña. Una cosa curiosa es que El Hierro es la tierra de las morenas (y no me refiero a mujeres despampanantes ni mucho menos). Hablan mucho de Pancho pero a mi no me habían dicho que hay una morena por cada medio metro cuadrado! Y vi por primera vez uno de mis nuevos bichos del mar preferidos: la carmelita! :)
La inmersión se llama El Bajón. Es un volcán que sube de 200 a 10 metros de profundidad. Cuando llegamos, José nos dijo que nada más tirarnos nos agarráramos al cabo de fondeo y sus razones tenía. Me tiré al agua y cuando saqué la cabeza la corriente me había arrastrado tres metros en dirección contraria.
Zor me tuvo que tirar un cabo por que era imposible nadar contracorriente. La única forma de bajar era agarrarse al cabo de fondeo y hacer brazo y me costó mucho llegar abajo. Llegamos a una plataforma rocosa, la cima del volcán. Había un corte en la plataforma y José estaba asomado como si de un mirador se tratase. Ahora es cuando os cuento que la corriente era tan fuerte que para avanzar tenía que agarrarme con las manos a los salientes de las rocas por que no se podía ni aletear. Así pues me arrastré hasta el cortado y lo que vi me dejó sin aliento (y ya me quedaba poco...), Una caída vertical de 200 metros hasta la base del volcán y más allá sólo el azul. Evidentemente el fondo no se veía, en su lugar, más azul. Ante mis ojos un desfile de los peces pelágicos más grandes que he visto jamás. Me pegué toda la inmersión gritando de la emoción, entre medregales de metro y medio y barracudas que nos medían, una corriente del carajo y mis ojos saliendo del las órbitas...
Fue muy dura la inmersión, en serio, la corriente podía habernos arrastrado ni se sabe dónde si nos llegamos a soltar de las rocas, pero precisamente por ello fue una descarga de adrenalina total y eso, sumado al espectáculo genial, dio como resultado una de las experiencias mejores de mi vida. Salí con un subidón tremendo, dando saltos y gritando "Vamos a bajar otra vez, qué pasada, quiero más!!"